El café hace posible salir de la cama, pero el chocolate hace que valga la pena

No me hables de igualdad

 

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Eres detestable. Absolutamente abominable y lo siento, una vergüenza para las mujeres como yo.

¿Que quiénes somos las mujeres como yo? Las que intentan día a día dignificar un género destrozado durante miles de años. Las que intentan demostrar que mi viaje cuesta el mismo esfuerzo y valor que el tuyo.

Siento ser tan cruel contigo -querida mujer-. Durante un breve periodo de tiempo te he considerado más víctima que verdugo y he extendido mi brazo para ayudarte. Tú, ruidosamente, aceptaste mi ayuda y, sigilosamente, la tiraste a la basura.

He intentado hacerte comprender que no vale la pena. Que no mereces que nadie te trate de esa manera. Que nadie es nadie para hablar así a una persona. Incluso animal me atrevería a decir. He intentado demostrarte que seguir con esta patraña no es más que aumentar el nivel de dolor que algún día tendrás que soportar. Cuando todo esto reviente, porque reventará, te lo aseguro.

Te he intentado convencer de tu valía. E incluso he intentado convencerte de que tu valía aun crecería más sin él. Como la planta sin techo, sin límites.

Por todo esto viene ahora mi crueldad. No por mí, sinceramente me es completamente indiferente lo que hagas con tu vida, ya eres aparentemente una persona adulta para saber hacia qué lugar dirigirte. Me has decepcionado porque nada te une a él. Ni una firma, ni un hijo que te pongan las cosas más difíciles. Absolutamente nada más que ese amor fantasma del que tanto alardeas.

Y pensarás: ¿por esto se cabrea tanto? Sí. Me cabreo porque tú y las mujeres como tú que gratuitamente permitís que el ser humano varón os trate como una basura sois las que seguís alimentando esa corriente antigua, pasada de moda, de que las mujeres sumisas son mejores mujeres.

Tú y las miles y miles de mujeres que cada día en su trabajo se abren el escote y demuestran al mundo -y a sus superiores- lo bonitas que son, lo válidos que son sus atributos -por favor, en serio, mírame a la cara imbécil- tú y ellas. Ellas y tú. Sois el gran lastre que tenemos en la sociedad hoy en día. No echen la culpa a esos pobres incautos incultos, pasados de moda, jóvenes sin valores que escupen sobre nuestro género.  Así que por favor, ni por la calle, ni en el propio trabajo se quiten los sujetadores abogando por la conciliación laboral. Asuman su rol en casa y dejen que las demás sigamos construyendo nuestro camino hacia la igualdad.

Al son de tu ayuda

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Nunca supe cómo compartir sus manos, mis manos. En realidad nunca supe de quién eran aquellas manos que tanto hicieron por mí. Y qué voy a hacer ahora.

Mi enfermedad no me permitía escribir, y apenas andar. Lo hacía con ayuda, como todo. Vestirme, comer, andar…cosas rutinarias para cualquiera que para mí eran cada día un reto imposible.

Sin embargo allí estaba ella, mi madre. Hizo todo por mí cuando nací y yo creo que nunca se imaginó hasta dónde se alargaría mi dependencia. Ya no digo emocional, sino física.

Fue la única que apostó por mí cuando todo parecía perdido, cuando mi condición humana estaba destinada a ser un simple deshecho social. O así me lo hacían ver médicos, profesores, alumnos e incluso parte de la familia: “Una persona que no puede valerse por sí misma para comer o ponerse una camisa, aunque sea una pena, nunca podría llegar lejos”.

Pero todos ignoraron lo que había dentro de mi cabeza. Aquello que apenas la gente podía ver y que muy pocos se molestaron en indagar. Mi madre sí lo hizo. Siempre creyó que mis sueños, aunque poco realistas, podrían convertirse en realidad. Mi dependencia hizo de ella la mejor maestra. Hizo que cada día de su vida fuera un nuevo reto, me hizo absorber su persona, sus días, sus minutos, sus placeres…

Ella decía que no le importaba, que yo era su vida, pero tenía claro que aquello no podía ser. Mi dependencia fue tal que incluso mi padre se alejó de nosotros. Pienso que en un momento dado se sintió desplazado y que, en vez de verse como la parte fuerte del trío que éramos, sintió la envidia de un niño de dos años que reclama constantemente atención y aquello, según mi madre, no podía ser. Ella no daba para más, necesitaba gente en su bando, no en el contrario.

Soy doctor en Física y he llegado hasta aquí gracias a la ardua labor de las manos de mi madre. Ella se convirtió en una alumna más. Asistió a la Universidad conmigo y tomó apuntes como aquel que tiene en sus manos un gran tesoro que no sabe qué es. Apuntaba hasta los suspiros que daba el profesor. Yo la miraba y sonreía. Me hacía feliz tenerla constantemente conmigo. Mi labor era otra: yo solo tenía que prestar atención. Mi mente centrifugaba información y apenas me costaba retener lo que el profesor iba escribiendo y contando. Todo iba muy deprisa pero mi cabeza podía asumirlo.

Sentía una mente joven y veloz en un cuerpo atrapado por la inmovilidad. Mis ideas brotaban como agua en una fuente fresca y, físicamente, mis ojos eran la única referencia física de que algo dentro de mí estaba muy vivo. Mis ojos color marrón tenían un brillo indescriptible, casi de emoción, un brillo que en algunas ocasiones se apagaba al ver el esfuerzo constante y diario que hacía mi madre por mí. En muchas ocasiones incluso pude ver ese mismo brillo en sus ojos, creo que se sentía orgullosa de que yo, poco a poco, fuera saltándome todas las barreras que la vida me había puesto y que los demás habían asumido que yo debía tener.

Nunca, o al menos eso dice y demuestra, dudó de mí. Pero lo que ella no sabe aun es que el primer sorprendido día a día era yo. La miraba, la cuidaba dentro de mis posibilidades y la trataba como lo que era, un ángel para mí. Aun así, nunca he llegado a hacer nada parecido a lo que ella hizo por mí y si soy sincero, no sé tampoco si sería capaz. Hace falta mucha generosidad para entregar tu vida por otra persona de esa manera.

Apenas lograba entender lo que decía el profesor pero ella tomaba los apuntes con sumo cariño, yo de vez en cuando ojeaba lo que iba escribiendo en un cuaderno al que le faltaban tres hojas para terminarse.

-Tenemos que comprar uno nuevo, aquí ya no entra más- decía ella con resignación.

No se podía creer que yo fuera capaz de entender aquel batiburrillo de palabras y símbolos, que le diera lógica a aquello que tan poco tenía. No entendía que me emocionase entendiendo como funciona el Universo, por cierto, ese Universo que en el fondo tanto me había limitado. No entendía que me hiciera ilusión aprender determinadas cosas que se anteponían a mí. A la naturaleza de un joven de 30 años encarcelado en su propia naturaleza.

Ella no lo entendía pero yo lo se explicaba de forma laxa poco a poco en casa. Le hacía ver que la naturaleza y sus leyes son grandes, demasiado grandes e interesantes para que los seres humanos podamos entenderlo. Mi condición era esta pero yo era feliz. Quién sabe si, en un cuerpo atlético o normal, las banalidades del ser humano y de esa otra naturaleza me habrían impedido escuchar a mi mente, jugar con ella. Yo, al fin y al cabo, lo único que hice fue estrujar el músculo que mejor me funcionaba. Por cierto, ese músculo que, aunque muchos no lo sepan, tiene todo el mundo.

¡Qué harían sin mi madre!

Hasta aquí

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Cómo he llegado hasta aquí y he permitido que me hicieran lo que me han hecho. El daño, ese acompañante a veces tan gratuito y miserable que se acerca aliviando la insensatez de otro. Su amargura, tu felicidad. Tu dolor, su liberación. Ya ves todo qué absurdo.

Me habéis robado prácticamente todo lo que yo era. Y qué fácil ha sido. Qué fácil os lo he puesto pero por mucho que intento sacar a flote mi dignidad, dice que le da pereza, que tampoco es para tanto.

¿Y qué gano yo? Más allá de las típicas palabras vacías de contenido inventadas por la sociedad para hacernos creer que formamos parte de un proceso. Que el que empieza sufre y paga, que es parte de la estirpe. Puaj. Me dais asco.

Maldita sociedad envenenada, que vive engañando a sus lectores intentando creerse más listos que ellos. Maldita sociedad que te convence de que ya estás en la cadena, que bajarte de la noria sería pagar un alto precio.

Es como aquel botón rojo que pone: warning! No pulsar. ¿Y qué pasa si pulsas?, ¿Qué pasa si abandonas el barco?, ¿qué pasa si un día te levantas y lo tiras todo por la borda porque te acabas de dar cuenta de que el barco está encallado?

Y lo que es mejor, ¿qué pasa si no pones tu ilusión al servicio de nadie? Mi ilusión es mía, la he construido yo al calor de mis sueños, de mis sábanas mojadas. He luchado contra el monstruo del miedo y he llegado hasta aquí, no sé si lejos o cerca, no sé ni siquiera si donde quería llegar. No sé que pasa cuando te rompen la burbuja que a veces la ilusión te construye. Y lo que es mejor, ¿somos culpables de nuestras expectativas por muy realistas que en un momento dado sean?

El precio de ser honesto con uno mismo es alto pero yo tengo dinero de sobra.

Prometo aquí y ahora, en algún momento, romper las reglas.

 

El día que perdimos la esperanza

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Tengo una mala noticia para los optimistas: nada va a cambiar. Y eso, créanme, es ser optimista porque en ningún momento barajo la posibilidad de que todo vaya a peor aunque la realidad sea así o al menos lo parezca.

Fiesta en Madrid, la Almudena concretamente, la patrona de la capital del Reino. Frío y sobre todo estupor en un día en el que todo el planeta tiene sus ojos anclados en Estados Unidos. Un lugar que desde siempre ha sido símbolo del avance, la democracia y la libertad. Hoy ya no es nada. Y realmente tampoco creo que sea excesivamente significativa su legislatura, no creo sinceramente que nos lleve a una tercera Guerra Mundial ni nada por el estilo. Pienso -yo, la misma persona que también pensaba que finalmente no ganaría las elecciones un misógino- que el mundo está aun más preparado si cabe para no derrumbarse ante las decisiones de la persona que tiene a partir del 20 de enero el código de las mayores armas nucleares del mundo.

Estamos en pleno siglo XXI y la mayoría de las mujeres presumimos, a veces cabizbajas, de todo lo que hemos conseguido evolucionar y asemejarnos a los derechos varolines en los últimos 100 años. Pues bien, mujeres y hombres del mundo, no es que esto no esté pasando, es que estamos si cabe aún más lejos que antes de conseguirlo. Todo ha sido un espejismo. Un halo de luz bonita que hizo creernos que la sociedad que estábamos construyendo era un poco más justa. No mejor, sino más justa.

Adiós queridos optimistas, la elección del nuevo presidente de Estados Unidos, una persona sin principios y con un profundo amor propio que utiliza la frustración de los demás para su propio beneficio. Misógino, machista, homófobo y racista son todos los ingredientes que forman el nuevo plato que está sobre la mesa del planeta. Un plato en el que los propios ciudadanos tuvieron ocasión de decidir si querían intoxicarse o no y que, finalmente, un suicidio colectivo alimenticio está acabando con las esperanzas de que un mundo ligeramente mejor se avecine.

Esto no es el apocalipsis político internacional. Para mí, esto es si cabe peor, es la pérdida de la esperanza en el mundo. Es la victoria de la injusticia. Es un nuevo palo para las clases medias y bajas, para los negros, los inmigrantes y sobre todo, las mujeres.

No estamos acabando con la violencia en el mundo. Y el ISIS ya no es nuestra única amenaza. Estamos apoyando una violencia invisible que hace que el mundo vuelva a retroceder, que todo lo luchado y conseguido ya no valga para nada, que todos los sinvergüenzas machistas que habitan en el mundo y que creen que las mujeres residen en un estrato inferior tengan las sensación de que sus argumentos no han sido en vano.

Yo, como mujer, como europea y como ciudadana del mundo me rindo. No voy a luchar ni un minuto de mi vida por cambiar algo que es imposible cambiar. Si en determinados casos me cuesta llegar al consenso en mi propia casa, qué decir con siete mil millones de personas.

A partir de ahora voy a luchar únicamente por cambiar mi  propio mundo, el interior y, eso sí, ser más rebelde que nunca. Acepto las normas del juego pero los ciudadanos tenemos el derecho de que al menos sufran cinco minutos por escucharnos. Ya que el mundo no nos respeta, al menos que nuestro círculo cercano sí lo haga.

Caos emocional

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Siempre he tenido una necesidad imperiosa por el orden de las cosas. Por cambiar el orden de las cosas. Cuando era pequeña, en numerosas ocasiones veía el momento adecuado para acechar y cambiar los muebles de mi habitación sigilosamente para evitar que nadie frenase mis intenciones. Y vaya si los cambiaba. Aunque siempre me topaba con el típico armario que sola no podía desplazar ni un solo palmo y ahí yo misma descubría mis intenciones. Aunque por aquel entonces la mayoría del cambio ya estaba hecho y suplicaba que a mi madre le convenciesen las nuevas formas. Y la mayoría de las veces a mi pesar no era así.

Pero al cabo de un tiempo volvía a cambiar todo a la posición inicial -la predisposición de la habitación no permitía cambios infinitos sin repetición-. Era como si pasado un tiempo prudencial me agobiara que la habitación fuera estática.

Una especie de caos en el propio orden que yo misma había establecido. Y eso, llevado a todas las facetas de la vida de una persona puede acabar siendo agotador.

En una ocasión le dije a una buena amiga con tono jocoso que qué difícil era ser yo. Ella se rió, bueno, reímos juntas por la expresión pero a medida de que ha pasado el tiempo me doy cuenta de que nunca hablé tan sincera y claramente sobre mí como en aquella ocasión.

-Tu problema es que piensas demasiado- zanjó un psiquiatra en una ocasión al tenerme enfrente.

Y creo que para eso no hay medicina salvo el yoga o alguna terapia natural relajante que te haga ser más sincera sobre las cosas realmente importantes de la vida. Banalizar casi todo, ensalzar lo justo, vaya.

El yoga me produce taquicardia  y las respiraciones diafragmáticas sacan lo peor de mí. Me encuentro lejos de mi yo interior, ese que vive picando piedra dentro de mi misma.

Amo el orden visual y soy un completo desastre con el caos emocional- ese que te etiqueta como persona normal de cara a una sociedad completa y absolutamente anormal-.

Creo que nunca debí dejar de escribir, este momento golpeando el teclado es mi verdadero oasis mental, mi desierto espiritual, la serotonina natural de mi cerebro.

Podría pasar horas escribiendo, haciendo el bien a mi ser pero… tengo que acabar de modificar mi habitación. Bendito caos, sin ti no descubriría el placer de la serenidad.

Esto solo me hace llegar a una conclusión: ¿somos nuestro peor enemigo?

 

Dios salve mis zapatos

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El título no es mío, lo acabo de leer en un reportaje de La2 sobre stilettos. Muy cool todo. Es curioso porque cuando lo he leído, sin saber a qué hacía referencia, me ha venido una imagen más filosófica que superficial.

Me ha venido a la cabeza zapatos como pies, pies como huellas, huellas como camino y de ahí el “Dios salve mis zapatos” véase Dios salve mis huellas o mi camino.

Pues bien, en toda esta línea de filosofía ancestral he pensando que ningún paso es en vano, ni  siquiera para bien o para mal. Que las huellas que dejamos allá donde pisamos no son fruto de la casualidad, ni siquiera los giros de rumbo que a veces tiene la vida.

Nada ocurre porque sí, y tampoco porque lo haya decidido una persona en concreto. A priori sí, obviamente, pero esa persona escogió eso porque era necesario, no existía la posibilidad de que la historia se escribiera de otra manera. Os lo aseguro.

Y respecto a todo esto, les habla el caracol, porque parece que la vida –no por casualidad- me ha otorgado ese papel, y les dice que coger la maleta no es huir, llorar en soledad no es cobardía y asentarse en un lugar no es darse por vencido.

Yo, que cojo la maleta con bastante frecuencia, lloro en soledad y no consigo asentarme puedo afirmar que hago todo lo contrario a lo que a priori mi gusto y necesidad me pide. Siento la enorme sensación de volver a casa, guardar los pijamas en un cajón del que sabes que no saldrán en años y colocar el cepillo de dientes en un baño que sientes tuyo.

Aun así,  y pese a desobedecer a mi propio criterio algo me dice que es tiempo de sacrificio. Y bien digo sacrificio cuando me refiero a sufrimiento, trabajo y poca recompensa. Kilómetros de asfalto de por medio y cenas cutres a solas.

Si me dejase llevar por el sentimiento superficial que reina en mi vida diría que no avanzo, no evoluciono o que este camino no me lleva a ningún sitio que yo quiera visitar pero, no voy a cometer el tremendo error humano de juzgar las situaciones en el momento en el que se reproducen. Algo me dice que el oír, ver y callar se puede aplicar a la vida misma y que será en una cama apunto de fallecer rodeada de los míos o de nadie en concreto cuando pueda evaluar si este camino me llevó a algún sitio. De momento…dejémonos llevar.

“Mientras haya pies, habrá huella”

Fumo por no llorar

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Otra despedida a las tantas de la madrugada, como si no quisiéramos que el amanecer de otra ciudad te pillara en el sitio equivocado. Otro cigarro a medias, aun cuando el sol no ha salido. Caminamos a ratos en silencio presos de un sentimiento hoy más que familiar. Que detestamos y que sabemos qué lo acompaña.

La nicotina inunda nuestros alvéolos lenta y letalmente, despacio y en silencio mientras un sabor tan adictivo como el de tu piel abraza toda mi boca. Fumo por no llorar. Sí, por no llorar. No lloro porque nos hemos acostumbrado a estar el uno sin el otro, sufriendo como si no pudiéramos hacer nada al respecto.

En cambio, todo tiene su otro lado de la moneda. Nuestros minutos juntos son increíblemente más placenteros que cuando cada día despertábamos juntos. Guardo en mi retina cada sensación que produce tu brazo al rozarme cuando te cambias de posición, los movimientos de tu lengua en mi boca, la velocidad de tu mano en mis caderas, el sonido de tu respiración al abrazarme. Detalles, en principio absurdos, que hoy marcan la diferencia.

Cuando llega la última noche -nunca es la última- dejo apagado el televisor y a oscuras la habitación. Nos abrazamos sin hablar. Oliéndonos. Pronto, producto de la relajación, duermes profundamente mientras yo aprovecho tu indefensión para rozarte sin escrúpulos ni miedo a despertarte.

Intento no permanecer mucho tiempo así. Solo lo justo. Pensar que te vas, que de nuevo nos despedimos, que pronto volveremos a vernos, que querré verte y tocarte, besarte y abrazarte y lo feliz que soy solo y únicamente cuando tu estás me produce una sensación de abandono profundo y de “yo sin ti no soy nada” que no puedo evitar romper a llorar como cuando los hombres se despedían para ir a la guerra, sin ni siquiera saber si volverían. Hasta ellos lo hacían con menos pasión y drama que nosotros.

Pienso qué me requiere esta situación, lo bueno y lo malo. Por qué estamos separados y qué nos podrá aportar en un futuro. Pienso en la posibilidad de que nuestra relación se fragmente, que, aunque difícil, te acostumbres a vivir sin mí, que te canses del ir y venir, que pienses que el esfuerzo no vale la pena.

Probablemente si compartiera estas palabras en persona contigo me recordarías lo equivocada que estoy, que yo no soy sin ti pero que tú tampoco eres si no estoy yo. Que te completo y te aporto pero inevitablemente no puedo evitar caer en este pensamiento dichoso cada cierto tiempo.

Hagas lo que hagas siempre estará el miedo, en cualquier circunstancia para decirte que está contigo y lo que es peor, para hacerte sentir que te respira en la nuca y que la posibilidad de fallar siempre te acompaña. Hagas lo que hagas, en el ámbito que sea.

Y he llegado a una conclusión: “No quiero que el miedo me paralice”. Quiero hacerlo todo, aunque sea con miedo, es más, yo diría que no quiero que el miedo me abandone. De esta forma siempre recordaré que todo puede cambiar, que todo puede ser peor, que vivo en un reto constante y eso sí, cada victoria así como cada noche a tu lado, será la mejor de mis recompensas. Esas en las que le digo al miedo “lo siento pero hoy me toca a mí”.

La importancia de no dar importancia

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Me siento en el primer taburete que veo al entrar, ese forrado de un ante rojo ochentero pasado de moda, y espero a que vuelvas. Espero que a entres. Espero a que regreses, a que me veas, a que vuelvas a sentir eso que me dijiste que te fluía por las venas cuando hablabas conmigo.

El camarero se acerca pero le digo desde lejos con la mirada que estoy esperando a alguien y que de momento no tomaré nada, que gracias. El camarero espera pacientemente, como yo, a que llegue mi acompañante. Los dos mostramos un gesto relajado, sin prisa.

Han pasado 25 minutos desde que me dijiste que llegarías y ni un mensaje tuyo me ha avisado de que te retrasarías lo más mínimo. Estoy preocupada por si te ha pasado algo. Mi mente enseguida me dice: ¡relájate!

Me impongo una hora límite en la que estar ahí, esperándote, añorándote cada minuto más. Una mezcla de preocupación y furia por si no te ha ocurrido algo me invade. Me sube por los pies ardientes y podría decirse que aun no estoy a punto de rebosar, digamos que mi mal humor está a la altura de las caderas, esas que hace un momento tenía igual de calientes pero por otro motivo diferente.

Pido mi segundo Martini rojo preparado. Controlo el efecto del alcohol en mi cuerpo ceñido con este vestido rojo que tanto te gusta. Creo que el hueso de esta aceituna cuando se pose en el fondo vacío indicará que debe ser el último.

No puedo dejar de pensar qué te habrá ocurrido y por qué no estás aquí. Hace ya bastante tiempo que descolgué el teléfono para saber dónde te encontrabas pero tu buzón de voz me dice que no es el momento.

Nunca antes habías faltado a una cita. A una de las cientos de citas que ya hemos tenido a estas alturas. Me había subido a mis tacones favoritos, retocado el maquillaje tres veces y preparado muy bien lo que te quería decir dando por hecho que estaríamos en sintonía.

Miro al camarero y me sonríe de forma cómplice pero como con pena. Le pido la cuenta y decido irme para casa antes de seguir saboteando mi mente sobre este taburete cutre de pub viejo.

El camarero me mira y me dice que el primer Martini me costará siete euros, el siguiente corre a cuenta suya. Le miro medio avergonzada, sonrío y le agradezco el detalle. Me levanto con la dignidad que el alcohol y una cita a medias me ha dejado, levanto la cabeza y me muevo despacio por la sala.

Pido un taxi a pesar de que apenas me separan 500 metros de mi casa y evito romper a llorar. La duda de qué haré cuando suene mi teléfono y tu nombre aparezca en la pantalla me paraliza y una guerra entre el orgullo y mis sentimientos se libra en mi interior. Sea lo que sea que haga no lloraré, ni siquiera me preocuparé. Hace tiempo me dije a mi misma que dejaría de dar demasiada importancia a las cosas normales y cotidianas de la vida.

Tú que vives, vive

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Dí dos pasos y caí rendida. Creí que este momento no llegaría jamás. No tenía nada planeado llegada esta situación a pesar de que mi cabeza había soñado esta oportunidad cada noche durante los últimos 42 años.

He pasado tres cuartas partes de mi vida en la cárcel y a pesar de todo no me siento preparada para salir. No sé que habrá más allá de esta estrecha carretera al otro lado de la verja, esa verja tan familiar para mí ya.

La última vez que anduve sola por la calle no existían los teléfonos portátiles, esos que ahora llaman móviles. Tampoco los ordenadores portátiles. No sé qué es Internet más allá de lo que me han explicado mis compañeras, esas que entraron hace poco y me han ido poniendo al día de lo que sucede cuando vives. Dicen que es como un gran espacio invisible que conecta a la gente aunque esté muy lejos de ti. Dicen que también sirve para más cosas. Me cuesta imaginarlo.

Sigo pensando en la posibilidad de que haya perdido la capacidad de moverme por el mundo. Ese que ha seguido avanzando mientras yo moría estancada.

Beso el suelo y lloro. Solo sé hacer eso, al menos por el momento. Lo de llorar ha sido muy habitual durante estas décadas de cansancio y fatiga, mala alimentación y falta de cariño.

No recuerdo a qué sabe un abrazo o qué se siente al comer tu plato favorito. Creo que no tengo plato favorito. No sé qué es quedar para tomar algo ni salir de compras. Nunca he tenido una tarjeta de crédito y apenas llegue a estrenar mi primer bolso cuando dejé de necesitarlo.

Ya no tengo padres y no sé nada de mis hermanas. Ni siquiera sé si tengo sobrinos y la vida no me ha dado la oportunidad de encontrar a alguien, a eso que llaman el amor de tu vida. Tiene el mismo nombre dentro de la carcel. He perdido la oportunidad de todo y no he aprendido nada. Un fallo en mi contra partió mi vida en dos y ahora debo comenzar de nuevo.

Esta reflexión me viene aquí, en el suelo, mientras sujeto mi maleta, esa que he de comenzar a llenar ahora. No sé a dónde ir ni por dónde empezar.

Por un momento el miedo me ha paralizado las piernas y siento la necesidad de volver a entrar ahí, donde siempre he estado. Donde muevo mi cuerpo y mi mente en zona de confort. Es una absoluta locura.

Comienzo a caminar sin importarme la distancia que me separa de algún lugar. El primero que encuentre.

Aligero el paso y comienzo a correr. Tiro esa maleta vacía al suelo, la abandono, como hizo un día la suerte conmigo y avanzo rápidamente. Tengo prisa por nacer de nuevo, tengo prisa por vivir.  ¿Qué habrá al otro lado de la curva? 

P.D: Tú que vives, tú que me lees, que nadie te quite nunca la oportunidad de comenzar de cero cada día.

Vivir en imperativo

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Desordéname la vida, las ganas, mi existencia. Esa que estoy a punto de poner en riesgo al borde de este precipicio. Siento vértigo y la sangre se ha congelado. El aire entra despacio, como con miedo a que una bocanada me empujara ahí abajo… Donde las olas golpean con fuerza, con bravura, con esa mirada felina típica de una fiera encerrada. Quiere hacerme suya y yo solo quiero ser tuya. El único motivo que tengo para dar un paso atrás y sentarme donde todo es seguro y placentero a simple vista eres tú. Tú. Por esa felicidad que me trasmites en cada mirada, en cada gesto, en cada caricia, en cada susurro. Por esa cercanía cómplice aunque la carretera nos separe. Y aún así siento que no es suficiente. Vivo constantemente aquí y así, sintiendo que pongo en juego mi vida con cada acción, con cada gesto y mirada al mundo. Siento que me la juego constantemente. Que todo apunta a mí y yo no sé ni dónde mirar. Agárrame fuerte, acércate lento, susúrrame como sueles hacerlo. Cógeme de la mano, dime que no pasa nada -aunque pase- aunque todo este a punto de desvanecerse.

Siéntate conmigo, quítame la venda de los ojos, hazme ver que mi peligro es ficticio y que un día todo acabará, como acaban las películas, pero sin créditos. De golpe. Apaga la pantalla que tanto me hace sufrir y enciende la radio, baila conmigo. Deshazte de esta torpe ilusión que me persigue y enséñame que mi mayor peligro es perderte, que esa es la mayor tragedia que puede ocurrir, que nada de lo que sucede es real y que tú siempre estarás ahí.

Eres el antídoto perfecto para restar efecto a la droga diaria que es la vida. Tú, ese antídoto que me hace cerrar los ojos y vivir relajada. Y feliz, sobre todo feliz.

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